El
muchacho abrió los ojos lentamente, estaba relativamente oscuro y una tenue luz
iluminaba su diminuto cuarto, poco era visible pero nada estaba fuera de lugar
lo cual hizo que al principio no comprendió por que había despertado tan
abruptamente y fue poco después que se dio cuenta de aquella horripilante
figura tendida en el marco de la puerta. Lentamente se acercó a él, paso a
paso, y una vez próximo diviso la horrible criatura humanoide, pálida, con ojos
totalmente oscuros, muertos, que absorbían la luz. La criatura se aproximó al
joven y abrió su gigantesca mandíbula, los dientes parecían los de un tiburón,
y junto antes de hacer la mordida sobre su indefensa y atemorizada victima comenzó
a quemarse brutalmente, la única cosa que podía detener a la bestia eran los
pilares de luz, gente construida con una simple gota de energía pura y buena.
De esa criatura no se volvió a hablar o ver nunca más, su nombre desapareció de
la memoria e historia conocida, otro hijo más de la noche que el día logra
desvanecer como lo hace cada vez que acaricia con sus suaves y cálidos rayos a
todo aquel que le espera y destruye a todo aquel que atenta contra la paz y las
virtudes.
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