Monday, January 21, 2013

Interludio (Tijuana IV)


El autobús azul con blanco se detuvo en la calle tercera, en el solo viajaban dos personas, el conductor, quien se veía como una antigua momia decrepita apunto de deshacerse, su rostro se veía cansado y apunto de derretirse sobre el volante pero su pulso era firme y no fallaba al momento de mover aquella maquina infernal ni mucho menos al estacionarla. En la parte trasera, pegado a la puerta doble de fondo, se encontraba sentado un hombre, un profesor de Universidad del que pocos conocían su nombre real, solo le decían el Profe, quien vestía un viejo traje café, saco con parches en los codos, pantalón desgastado, zapatos negros maltratados y sucios y maletín negro acabado por años de abuso; la mirada perdida en la ventana, observándola con la vista perdida pero a la vez parecía estar concentrada en algo que era imposible divisar en aquel tumulto de ciudad, posiblemente estuviera hundido en algún pensamiento de su vida cotidiana.

El corte de movimiento saco al hombre de su estado de cuasi-meditación, quien salio de inmediato por la puerta trasera llegando así a una calle ligeramente transitada, el lado por donde bajaba estaba repleto de pequeños puestos donde vendían toda clase de chucherías, dulces de todo tipo, chicles, cacahuetes pasando después a las mas grandes donde vendían tacos de todo tipo, verdura y fruta, ropa, y otras delicatessen típicas de México, tanto del norte, como del centro y sur; un puesto de periódicos apunto de cerrar, dentro del cual se vendían todo tipo de revistas y periódicos, desde los mas respetados hasta los mas amarillistas e incluso una que otra revista pornográfica de alta y baja calidad, otro donde boleaban zapatos y el cual relucía el emblema de la CTM, la Confederación de Trabajadores de México, de ambos lados. "Confió en ellos" pensaba el hombre mientras se movía calle abajo sin mirar otra cosa mas que la dirección hacia donde caminaba, "te van a robar al igual que todos los demás, te van a chingar, por decirlo coloquialmente, de una u otra manera, pero su trabajo muchas veces es de mejor calidad y ya tienes un conocimiento a priori de que te van a chingar, de cierta manera es mejor que simplemente tratar de buscar una alternativa dudosa, en especial para tramites tan sencillos como bolear un zapato, pero... que se yo, yo no soy nadie para opinar de eso".

Se detuvo momentáneamente en uno de los varios puestos y observo su contenido, buscando tabaco, tenían varias marcas pero a el le gustaban los cigarros duros. -Un delicado, por favor-, -Son tres pesos-, el hombre desembolso los tres escudos nacionales y se los entrego al hombre, en ellos pasaba desapercibida la simbología mexicana de la piedra del sol mexica, ignorada por todos menos por el quien siempre sentía una energía rara fluir por aquel metal que no tenia realmente valor mas que para aquella gente que vivía en lo terrenal. Tomo el cigarro y el encendedor que estaba atado a uno de los pies de la mesa para que no se lo robaran, un recordatorio general de que la honestidad no es para todos ni de todos.

"Cuenta la leyenda" recordó el hombre "que los Delicados, cuando se produjeron, eran los cigarros mas ligeros que uno podía fumar en aquellos tiempos, por eso el nombre. No quiero imaginarme que clase de tabaco fumaba la gente de esos tiempos" el hombre rio para sus adentros mientras fumaba de aquel delicioso tabaco de producción mexicana, se quemaba diferente, ardía mas diría Charles Bukowski, un sabor único, natural todavía, que inundaba el tracto hasta llegar a los pulmones, queman dolos lentamente y exhalando ese humo por la boca, lamiose los labios, observo hacia ambos lados de la calle y prosiguió su camino con cigarro en mano. "Estas calles solian estar llenas de gabachos, americanos, gente con dinero verde, ahora tenemos mexicanos, tijuanenses, algunos gabachos si la situación anda bien, que cada día aumenta lentamente, pero no es lo mismo, ya nada es lo mismo aquí en Tijuana ni en el centro, ni modo, un triste legado del 2008".

El hombre llego a la calle Revolución, la famosa calle de la perdición donde infinidad de bares con ofertas exageradas de cerveza adulterada reinaban, los burros pintados de cebras donde uno se puede tomar una fotografiá, la música a todo volumen, mientras mas baja uno aquellas calles mas perdición se puede encontrar, prostíbulos, drogas, todo, no había que negalo pero tampoco se ocupaba gritarlo, todos lo sabían pero era un "secreto" a voces que lo sabían aquellos que preguntaran a las personas correctas; hoy en día, ya para el 2013, lo que queda es la memoria, muchos bares están cerrados, uno que otro en huelga, otros misteriosamente se quemaron, dicen por ahí que los dueños lo hicieron para sacar el dinero del seguro pero realmente esas siguen siendo teorías que no se pueden comprobar al cien por ciento, y los que todavía operan a veces lo hacen a duras penas pero de una u otra manera siguen ahí, como lo hagan es cuestión enteramente de ellos, la calle sexta es lo que ha tomado fuerza y se ha vuelto el núcleo de una nueva sociedad tijuanense, tal vez es muy temprano todavía para declararlo pero ahí esta presente con fuerza y marca, sus decoraciones son únicas, inundada de nuevos colores y formas que no son propias de ninguna ciudad mas que de esta, murales hermosos y a la vez tétricos, burlones e histéricos, melancólicos, bellos, dando amistad con la perdición que se lleva a cabo a su alrededor; la calle séptima también se ha visto provista de alguno que otro nuevo bar aunque no tan decorado es un poco mas alternativo que lo que se encuentra en su calle hermana pero la perdición mayor sigue estando calles mas abajo, los policías siempre al tanto de todo esto, lugares que por lo general no deberían ser pisados después de ciertas horas, que solo los valientes aventuran mientras arriesgan una noche en la 20, un penal, una cárcel, o en la 8 cuando todavía existía, en fin, el carnaval que fue esa zona estaba muerto pero de aquel cadáver renacía con nueva fuerza, un poco raro, moderno, de ambiente, no le debía nada a nadie mas que a los que la visitaran, y si hacia era entonces respondía de buena manera, así era la cosa pero no para todos.

El hombre salio de su nube de pensamientos y observo que se encontraba ya en su destino, uno de los bares de la calle sexta que tenia ya ahí décadas, siendo conocido por varios mucho antes de que se hiciera popular gracias al auge de dicha calle, al cual entro primero pasando por un pequeño cuadro que daba hacia la izquierda y después pasando hacia la barra donde había una sola persona perdida en sus pensamientos, atrás se podía divisar una mesa de billar, donde jugaban un par vestidos con chamarras de piel negras, y un barandal, con sirenas desnudas talladas en la madera, de un segundo piso que estaba a medio metro del suelo donde se encontraban varios patrones que parecían estar entrados ya en la fiesta, siendo temprana hora pero nunca demasiado temprano para hacerlo. Varias sillas y mesas estaban pegadas a la pared este, otras figuras se encontraban en aquellas mesas, algunos solos y otros acompañados, uno de ellos se encontraba dormido sobre su mesa con una botella de cerveza vaciá, debía ser cliente frecuente o la persona que atendía el bar le tenia misericordia para no sacarle de inmediato; una rocola estaba en la pared este del bar y de ella salia música de todo tipo, el hombre sabia que si quería escuchar algo que a el le gustara debía esperar a que del popurrí saliera algo interesante o aventurarse a pedir canciones y tener que esperar tres horas para que le tocaran las suyas, varias veces le había pasado que llegaba a las nueve o diez de la noche y apenas para al una o dos de la mañana tenia la oportunidad de escuchar sus canciones, así era la vida de aquella rocola que nunca paraba.

Se cerca de la barra y pidió una cerveza tipo caguama, de un litro, tomaba de ella directamente y sin vaso, se había acostumbrado a hacerlo por mas "corriente o albañil" que se viera, consideraba un desperdicio un vaso si ya tenia un envase del cual podía ingerir directamente la bebida. Su pensamiento quedo absorto en aquella botella y otras cosas que tenia en mente, algunos proyectos, la universidad, la vida en si, todo esto tomo un par de horas y un par de botellas mas, consigo, en el maletín, llevaba siempre un cuaderno donde escribía todo lo que le venia en mente, desde las cosas mas lógicas y simples hasta algunas ideas extrañas que no podía comprobar, era un collage infernal que solo el o un criptologo podrían descifrar y no tenia que ver nada el alcohol, así escribía aquel hombre por cuestiones propias, muy propias de el.

En algún punto de sus divagaciones, ya muy perdido en el tiempo y en espacio, absorto en un mundo de ideas que solo el podía alcanzar en esos estados, fue interrumpido por un grupo de hombres armados que entraron gritando con demandas que no comprendió a la primera pero que decidió ignorar y mostrar seña de ello al continuar bebiendo y escribiendo. No fue hasta que uno de ellos decidió darle un golpe, tirar su botella y el cuaderno donde escribía que la atención de aquel hombre se centro completamente en ellos. 

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