Thursday, February 23, 2012

El Mundo y la Flor


En la masa amorfa del espacio descansa un monolítico hombre sobre una de sus rodillas, roja, negra, morada, desgastada, casi al hueso, mientras sostenía en sus hombros y con ambas manos una esfera parecida a un zafiro con ligeras imperfecciones café, verde y blanco a su alrededor. Este hombre presentaba una cara desgastada, en alguna clase de sufrimiento del cual parecía ser gustoso ahora, hombros fuertes pero tensos con venas protuberantes cubriendo su espalda y brazos, piel demasiado bronceada, mas allá de aquel bronceado mítico mediterráneo, y siempre bañada en sudor. Es en un instante perdido dentro de esa infinidad cuando el hombre recibe la visita de un pequeño niño, de un rostro cálido y lleno de candor, el cual extendió sus pequeñas manos hacia el, tratando de hacerle entrega de una flor. El hombre primero se encogió de hombros por aquel gesto, lo cual hizo temblar a aquella molesta bola que cargaba, y al fijar nuevamente la mirada sobre esa pequeña cara, después de haberla ignorado, su mirada se convirtió del granito a las de un campo en primavera, llena de vida, de paz, de emoción, fue en ese momento que dejo aquella gigantesca esfera de lado y en su lugar monto al niño del cual ya había tomado su flor y había incrustado sobre la superficie del globo que flotaba en silencio por su cuenta.


Por: Vicente Manuel Muñoz Milchorena

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